La mayoría de las veces, ir al cine y encontrarse con una “película”
hecha en formato digital es semejante a eso que es copular mediante el uso de
preservativos. Al respecto, podrán decirme que debería acostumbrarme al asunto,
que el fílmico está en su irreversible proceso de extinción, que el cine
digital es el futuro, que es preferible hacerlo usando preservativos que no copular
y que, por ende, me lo ponga; en suma, una sarta de argumentaciones legítimas
que todos hace buen tiempo entendemos y nada que ya no conozcamos, no obstante -pues tales son las que no comprendieron el principal punto de mi observación,
la cual inevitablemente encuentra diversos cauces– y por tanto, yo
me debo a una aclaración:
Refiero, en primer término, al hecho de que el cine
digital si no trata al menos debería tratar una simulación del cinematógrafo, o
más bien la emulación de tal, y cuando la simulación/emulación no es eficaz, uno
descubre cierta frustración. Aunque la minoría de las veces no, y tal no es
necesariamente el uno sino el treinta por ciento de los casos, en mi humilde
experiencia. El cine digital es prótesis, entonces, requerimos que la
calidad del trabajo, de la realización en general, sea cuanto mínimo el óptimo:
cine digital que a la vez no suena bien, es intolerable, y para qué hablar del
digital que, además de sonar inapropiadamente, luce de forma insuficiente.
Forma insuficiente o no, en la observación además se afirman
cuestiones aún más interesantes, más sustanciosas, como, por ejemplo, el valor
de profilaxis que el cine digital alcanza a significar. ¿Profilaxis para
prevenir qué mal? ¿Inseminación cuál,
cómo? ¿Qué enfermedades evitaríamos digitalizando el filme? ¿El individualismo,
el subjetivismo, o el objetivismo? ¿Socialismo? ¿Podríamos comprender al
cinematógrafo como vacuna? ¿Y si el cinematógrafo tal y cual lo conocemos nació
mal y en realidad solo ha sido prótesis del nuevo imaginador/imaginario digital?
Inseminación natural o artificial, ¿fecundación de qué?
Imaginatógrafo: un
nuevo medio, un nuevo mundo, un nuevo hombre, un millón de interrogaciones.
Exacto: ¿Por qué no le ponemos otro nombre? Porque si en la
Tierra de repente se pudiese vivir sin la necesidad de comer y beber, el ser
humano ya no sería simplemente un ser humano, pues, esto claramente significaría
la evolución de la especie humana. Semejante, aunque sobremanera más
fantasioso, sería el caso de la Tierra, si de un día al otro se librara de su órbita
y así del Sistema Solar, y por ende tuviera la facultad de vagar azarosamente a
través del vasto Universo.